Nada de particular ni de sorprendente tendría la afirmación en cuanto a que…
“El trabajo –el suyo y el mío–, tal y como lo conocemos en la actualidad, será reinventado en el trascurso de los diez próximos años. Así de sencillo. Y así de profundo”
si no fuera por la casi inapreciable circunstancia de que tal premisa fuera enunciada, precisamente, hace diez años.
La coyuntura del mercado laboral, en efecto, ha cambiado totalmente desde hace una década. Pero es que la coyuntura del mercado laboral ha cambiado igualmente desde hace un año. Y, así, los cambios se suceden de manera cada vez más acelerada y traumática hasta el punto de que ya nadie sabe cómo va a ser este mercado de trabajo en el medio, incluso relativamente, corto espacio de tiempo.
Y es esa coyuntura, al día de hoy harto complicada –¡Y vaya descubrimiento! pensará de manera acertada el lector– la que nos obliga a acelerar, igualmente, un proceso que, por cierto, no es nada nuevo, y en el cual el profesional se transforma en un agente que ofrece un producto que alguien necesita, en un espacio y tiempo determinados, y por el cual el demandante está dispuesto a pagar. Así de simple; así de llano; así de sencillo.
De hecho, todos pasamos nuestra vida envueltos en una continua en intensa actividad comercial. Todos vendemos algo, y casi a cada momento. Todos ofrecemos nuestro producto, tanto en el ámbito profesional como fuera de él. Todos de manera casi constante nos vendemos en la vida a nosotros mismos.
Y no es cuestión de rasgarse las vestiduras para aquellos que, dicho así, les pueda sonar mal. Vendemos nuestras ideas, nuestra imagen, nuestro conocimiento, nuestros servicios, nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. Lo vendemos a una empresa, lo vendemos a un amigo y lo vendemos, también, a nuestra propia familia. ¿Y por qué no? Y por todo ello recibimos un algo a cambio por lo que nos compensa, o no, el seguir con tal negocio.

Y si todos, de manera consciente o inconsciente, queramos o no, entramos en este juego ¿por qué no hacerlo de manera planificada, premeditada, controlada, de tal modo que se convierta esta actividad en útil herramienta a nuestro favor en el desarrollo de nuestro futuro profesional y personal? Al fin, sólo uno mismo es dueño de sí y, por tanto, libre de elegir el momento y la senda por la que caminar. Elijamos pues la correcta, con criterio y fundamento; sin complejos si en nuestro propósito está, como es de suponer, el buen fin: alcanzar la excelencia y el éxito, a sabiendas de que no tienen por qué estar para todos en un mismo lugar pero intuimos que no debe andar muy lejos de conseguir
llegar a ser uno mismo.
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29 septiembre 2010







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